| VENEZUELA EN GUARDA TINAJAS |
![]() |
LA GUARAPITA
HISTORIAS DEL VENEZOLANO


En
la calle Colombia de Catia aún resuena el mote del "Médico Asesino". Su sola
mención hace que los mayores se sonrían y los más jóvenes pregunten.
Los que eran jóvenes en las décadas de 1950, 1960 y hasta
1970 se acuerdan de alguna vez haber agarrado una buena curda de esas de
antología después de haber estado libando, en cualquier esquina de cualquier
barrio de la ciudad, las famosas guarapitas de Ricardo Carvajal, que era su
verdadero nombre.
Cuentan que el creador de esa bebida espirituosa la vendía en
su propio bar, que se llamaba Canaima, denotando el origen guayanés de su dueño.
Allí las preparaba y las despachaba. Atraía clientes de toda la ciudad, nunca se
hizo millonario ni se preocupó por comercializar sus productos, y se llevó a la
tumba el secreto de sus legendarias combinaciones alcohólicas.

Dicen que el apodo del "Médico Asesino" no se debía a la
potencia de sus preparados, sino a la afición que existía anteriormente de tomar
como propios los nombres de los luchadores libres que uno admiraba. Eran los
tiempos en que, en la noche de los sábados, Venezolana de Televisión transmitía
en vivo las peleas desde el Nuevo Circo en el espacio denominado "Catch as catch
can", algo así como "agárralo como puedas".
En efecto, existe un luchador mexicano (creo que aún vive)
llamado Cesáreo Anselmo Manríquez González, nacido en Chihuahua en 1920, quien
tras varios apodos iniciales debutó como "el Médico Asesino" el 8 de febrero de
1952. Pocos aficionados a la lucha libre olvidan a ese luchador, considerado uno
de los grandes pesos completos de México, quien tuvo una jornada estelar el 27
de abril de 1956, cuando encabezó el evento estelar de la nueva Arena México.
Esa noche, se hizo acompañar del Santo para derrotar a Blue Demon y Rolando
Vera. Sus llaves favoritas eran el "Castigo a las Carótidas", el "Bodyslam" y la
"Full Nelson".
Como si "el Médico Asesino" nos hubiera aplicado alguno de
sus famosos castigos eran los ratones producidos por las bebidas espirituosas
que se expendían en el Bar Canaima, atendido por Ricardo Carvajal; pero las
resacas se olvidan fácilmente cuando uno es joven y siempre reincidíamos.
Y es que, para quienes éramos estudiantes universitarios en
los años setenta y decir "estudiante" siempre ha sido sinónimo de "limpio", lo
más fácil era reunirnos un viernes, hacer una "vaca" y con pocos bolívares ya
podíamos ir a comprar una botella de guarapita, nombre génerico para la
combinación de aguardiente puro de caña, de alto octanaje alcohólico, ligado con
jugos de frutas tropicales elaborados en casa con altos niveles de azúcar.

Como se ve, una combinación que sólo debía tomarse bien fría,
y así la vendía Carvajal.
Los sabores favoritos eran la piñita, la parchita, la
guayabita y la guanábana, entre muchos otros que Carvajal mezclaba con mano
diestra. Su ingenio no sólo lo llevó a crear mezclas nuevas, sino a inventarle
nombres como "Zamurito", que resultaba de la combinación de brandy, vino y
ciruela. Su negocio fue tan exitoso que otros lo replicaron, como es el caso del
Bar Miami en La Guaira o la bebida Dr. Killer, que llegó a comercializarse.
"Él sabía prepararlas muy bien y tenían un sabor sabrosito
que hacía que a todo el mundo le gustaran", comenta Gilberto Antillano,
historiador de Catia. "Había de parchita, piñita, guayabita, guanábana, entre
otros. Se vendían en botellas de caña clara envueltas en papel periódico. Nunca
se preocupó por ponerles etiqueta ni por comercializarlas".
Hoy en día, en lugar del Bar Canaima, lo que existe es una
venta de repuestos automotores. Y no queda ningún familiar en Catia que pueda
hablar de la historia del "Médico Asesino". El único vínculo que aún queda es el
de Rigoberto Bonilla, quien llevó su negocio por 18 años.
"Su nombre era Ricardo Carvajal. Mi hermano y yo le compramos
su negocio un año antes de morir, pero durante el gobierno de Claudio Fermín lo
mandaron a cerrar. Él nunca les enseñó a sus hijos a hacerla y nosotros tampoco
tuvimos la idea de patentarla. De ser así, se hubiera mantenido en el tiempo",
explica Bonilla.
A despecho de su inquietante apodo, quienes conocieron a
Carvajal aseguran que era un hombre alegre y emprendedor, oriundo de Upata y
padre de cuatro hijos. Todavía hacer mención del "Médico Asesino" en cualquier
esquina de la populosa parroquia provoca reacciones alegres e incluso
nostálgicas.
"Claro, sus bebidas eran las más populares", comenta José
Marcano. "Aquí venía gente de todas partes de Caracas, hasta de Petare; hay que
recordar que para entonces no existía el Metro.
Aparte, eran muy baratas, así que todos lo conocían. Recuerdo
que en la pared había un cartel que decía `Si tomas para olvidar, no te olvides
de pagar’. Él te entregaba las botellas envueltas en periódico como una
formalidad.
Su negocio era el más visitado por los universitarios. Uno
hacía una vaca de 10 bolívares y con una botella de guarapita, un picó y
longplays de la Fania teníamos fiesta", recuerda sonriente.
Varias generaciones de caraqueños se deleitaron con las
guarapitas del "Médico Asesino", pero muy pocos recuerdan hoy el nombre de
Ricardo Carvajal. Sólo saben que murió y que sus hijos no siguieron con su
negocio.
LA PARCHITA
Nostálgicos bebedores que no se conforman con la ausencia
del "Médico Asesino" han tratado de imitar las famosas y celosamente guardadas
fórmulas de sus guarapitas.
La que más se aproxima a la original es la de la parchita,
que era una de las más buscadas por gente de toda la ciudad. Si quiere
aproximarse al sabor, haga lo siguiente: prepare un jugo de parchita con la
pulpa de un kilo de esa fruta mientras más amarilla mejor vertida en un litro
de agua. No lo licúe (las pepitas al licuarlas se vuelven amargas y una de las
características de las parchitas del "Médico Asesino" era la presencia de las
pepitas). Agregue una botella de aguardiente o caña clara. Mezcle, agregue
azúcar al gusto y meta en el frízer.
Tómese bien frío, pero no abuse porque la resaca es fuerte.
El sabor será parecido a la parchita de Ricardo Carvajal, pero nunca igual
porque faltará el toque mágico del "Médico Asesino".
Por Eugenio Raymundo Osorio Hamel
